El campeón
Esconderse no es un juego fácil. Elegir el lugar en el que ninguno de los otros jugadores está pensando, burlar al enemigo en un punto estratégico desde donde poder ver como los demás van perdiendo, siendo descubiertos o apareciendo atravesando las sombras, para poner la mano en la pared y gritar: 1, 2, 3 por mí.
Por eso aún no me encuentran. Soy el mejor. El campeón. Tengo varios escondites. Siempre los intercambio entre juego y juego para despistar. Detrás del tamarindo con Doña Calita, pega muy poca luz de la lámpara del barrio y tiene buen acceso para correr a la base y salvarme. En el patio abierto de Doña Consuelo me gusta hacerme chiquito y esconderme debajo de su lavadero entre las botellas viejas. Pero la última vez que me salió un sapo negro me encontraron nomás por el grito que pegué del susto. No hay que arriesgarse en ese lavadero. Los árboles también son buena idea por lo frondoso, pero no siempre resultan, porque estás en desventaja allí trepado con el enemigo en el suelo a la hora de correr.
Hay quienes como el Chato se ponen muy cerca de la base y apenas termina de contar al que le toca buscar ya están poniendo la mano en la pared. Otros como el Chino aprovechan que son muy rápidos corriendo y al primer descuido del que le toca buscar salen disparados desde su escondite. Otros como el Tavito se meten a su casa y no salen nunca y ese truco viejo nos da coraje a todos. A algunos de mis amigos les gusta esconderse en manadas y confundir con gritos al que le toca buscar.
A mí siempre me ha gustado esconderme solo para no revelarle a nadie mis lugares secretos. Por eso no me han encontrado. Cuando descubrí el agujero en el techo de la mueblería abandonada del barrio, supe que esa sería mi siguiente guarida. Sólo había que esperar a que llegara la noche para estrenar el escondite. El sitio perfecto que nadie conoce.
Cuando empezó el conteo el que le toca buscar, enumerando del uno al cincuenta, corrí detrás del patio de Doña Consuelo, usé el lavadero como escalera y me trepé al techo. Enseguida está el recién descubierto agujero en el techo de la mueblería, así que por ahí me dejé caer y con la emoción ni sentí el golpe. Corrí a la ventana de la mueblería que da hacia la calle y desde aquí pude ver que al que le tocaba buscar ya estaba rastreando a mis amigos desbalagados por toda la cuadra. Y yo aquí viéndolo todo desde entonces. Nadie me ve. Uno a uno fueron cayendo, unos se salvaron con el 1, 2, 3 por mí y otros perdieron. Pero a mí no me encontraron, no me encuentran y tampoco salí, no he salido. Le ayudaron un rato al que le tocaba buscar y me gritaron y me chiflaron y el Chato dijo “ya, déjenlo, se ha de haber ido a su casa”. Y yo que me estaba muriendo de la risa viéndolos como no podían descubrir mi lugar secreto frente a sus narices. Nadie nunca me ganará en este juego.
Hace tiempo un rayo quebró a la mitad el tamarindo de la banqueta de Doña Calita y desde la ventana de la mueblería pude ver a mis amigos tomando cerveza. Nunca supe qué sabor tenía, ni esa sensación que pone a bailar o llorar a la gente . Esa noche los vi bailar y luego irse a dormir cansados de tanto reírse juntos. Se ven tan diferentes con sus bigotes y sus barbas nuevas. Se visten tan extraño y yo sigo con estos pantalones cortos manchados del tiempo.
Una vez vi al Tavito darle un beso a la Yolanda que a todos nos tenía enamorados, pero nadie lo confesamos. A veces la veo pasar, a Yolanda, por tortillas y papas para la cena. A veces también lleva chorizo y me imagino lo que pasa en la cocina de su casa. Los vi besarse desde aquí de la ventana con un hambre que me apareció en la boca con la envidia de nunca haber besado a nadie.
El Chino un día pasó manejando una troca acompañado de amigos nuevos y ya hace mucho que no se ve que se junte aquí en la cuadra con los amigos de siempre. También su cara se ve distinta ahora y este cuarto de mueblería sin muebles ni siquiera tiene espejo para poderme ver los ojos.
Han pasado tantas navidades. Pavimentaron más de una vez esta calle donde nos raspamos las rodillas con las piedras. Se murió Doña Consuelo y en el velorio se desvelaron mis amigos tomando café y comiendo galletas y contando mil cosas. Se acercaron a orinar algunas veces afuera de la mueblería y escuché que sus voces también han cambiado y hablan de otras aventuras que no viví con ellos y dicen palabras que no entiendo. Escuché mi nombre en diferentes ocasiones, pero todas me oculté sentándome bajo la ventana donde no pudieran verme. Porque sigo siendo el campeón del juego de las escondidas. Qué bueno soy en esto. Han pasado tantas navidades en que los veo cruzar las calles con sus tenis nuevos y abrigos elegantes. Lanzan al aire cuetes y llenan el cielo del barrio de humo y chispas de colores con esa pirotecnia. Los veo recorrer las casas abrazando a las vecinas y brindando con los vecinos y palmeando las cabecitas de los nuevos niños del barrio, que juegan ahora a esconderse en los mismos lugares en los que nos escondimos todos.
Quizá debí salir corriendo aunque nadie me viera y decir 1, 2, 3 por mí tocando la pared. Quizá debí avisarles que me había golpeado un poco cuando caí, pero la emoción de ganar era más fuerte y me quedé con la victoria para siempre. Soy el mejor jugador de escondidas del mundo. O la vez que me buscaron todos los vecinos y mis padres y mis amigos, no debí esconderme más lejos al fondo de la mueblería abandonada. O cuando botaron el candado de la puerta y corrí hacía una esquina y de tanto cerrar los ojos para volverme invisible, no me di cuenta de lo que hicieron en mi escondite mientras no estaba y creí que el juego había subido de nivel y yo era imposible de vencer. Los primeros días sentí hambre pero luego ya no. Tal vez debí ir tras mi madre que lloraba caminando detrás de la carroza y atrás de ella mis amigos y atrás de ellos sus padres y atrás de sus padres todas las alumnas y alumnos de la escuela con globos blancos que tenían mi nombre. De hacerlo cabía la posibilidad de que mi papá no se convirtiera en todo lo que se convirtió. Debí salir y decir 1, 2, 3 por mí, pero de haberlo hecho nunca hubiera ganado el juego. Soy el mejor. El campeón.
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