Niño dios
Un relato.
Luego de comernos la hostia nos comíamos a besos en alguna de las bancas de la plaza municipal. Primero el cuerpo de cristo y acto seguido el cuerpo pedía comida de verdad. Nos hacíamos casi siempre de una nieve de vainilla.
Asistíamos varios días a la semana al coro de la iglesia de cristo rey. Yo tocaba la guitarra y ella cantaba junto a otras muchachas que, al terminar la misa, también se besaban con otros muchachos en la plaza. Los tiempos de dios eran pretextos.
Allá en la plaza cantábamos otras canciones que nos alejaban cada vez más de dios. Nos sentábamos a esperar que cayera la tarde y se encendieran las luces que alumbran las banquetas. Al irnos, caminábamos agarraditos de la mano hasta un par de cuadras antes de su casa, donde yo me devolvía porque a su mamá no le gustaba nada nuestra relación.
Nos conocimos de tanto vernos en la escuela y luego apareció por el coro de la iglesia. En aquella ciudad había sólo una prepa y una iglesia, tenía que pasar. Ella cursaba el segundo semestre y yo el cuarto en la misma escuela. Un par de miradas más y nos hicimos novios cubiertos por el eco silencioso de una iglesia vacía. Ella tenía incontables pecas bajo los ojos y nos enamoramos como sólo pueden hacerlo los adolescentes: avasalladores, esclavos, tontos.
Aquel domingo se nos apareció como otras veces con su sonrisa de concurso. Podría haber sido elegida para un comercial de asilo de ancianas en el que presumen que ahí morirán felices. Sus hijos no le están abandonando, quieren lo mejor para usted, venga y disfrute de nuestra estancia con la mejor compañía… Nos enteramos más tarde que se llamaba Consuelo. La habíamos visto tantas veces por la misa y nos saludaba y felicitaba por los cantos del día, no sólo a nosotros, sino a todo el coro. Tenía una casa del color de la Fanta de naranja y en ocasiones, la encontrábamos a nuestro paso después de la plaza, barriendo su banqueta o regando las plantas del pequeño jardín del frente. Siempre nos levantaba la mano y nos enseñaba sus dientes, perfectos accesorios de su rostro, ternura de la tercera edad.
Decía que esa vez supimos que se llamaba Consuelo y ella supo más tarde que mi novia era Teresita y yo Ricardo. Son ustedes los que cantan en el coro, nos detuvo. Encima de un vestido rojo, llevaba un delantal con girasoles bordados a mano. Unos aretes dorados que colgaban desde sus orejas le hacían paréntesis a su sonrisa. Cuando la saludábamos al pasar, siempre nos referíamos a ella como “la señora que sonríe”. Decía que esa vez nos enteramos que se llamaba Consuelo y que dentro de su casa tenía una colección de niños dios. Del niñito Jesús. Emanuel. El salvador, el hijo de María y José.
Tenía también un nacimiento grandísimo en su sala, con las figuras de tamaño realmente humano, el cual vimos con atención comiendo galletas de mantequilla y rozando los dedos en distintas direcciones, en sus sillones de terciopelo.
Nos invitó a pasar con la sorpresa de querernos mostrar algo y no pudimos decirle que no a aquella sonrisa. Uno a uno. Entraba en una habitación. Entraba y salía con diferentes niños dios para mostrarnos, los ponía frente a nosotros y hablaba de cosas con una emoción presurosa. Los puso primero encima de una mesita frente a nuestros ojos y cuando no cabían los empezó a poner en los sillones que completaban la sala de terciopelo.
Salió una vez más de aquella habitación con un niño dios que tenía un disfraz de spider man. Este es el favorito de mi nieto, dijo y mencionó después que nos serviría Coca Cola para las galletas, no sin antes acomodar el bebé spider man junto a los otros niños dios con vestimentas de colores, uno rojo, uno verde, uno morado, uno de traje negro y otro con ropón para bautizo.
La vimos ir de un lado a otro emocionada y sus zapatos se desesperaban en el vitropiso de su casa. Entró a la cocina y abrió un cajón y volvió con un par de estampas con una oración al niño Jesús. ¡La Coca Cola! Dijo, y empezamos a ver los relojes porque el sol ya no atravesaba igual las cortinas de la casa. Encontramos en la pared un reloj sin manecillas y luego nos vimos a la cara y nos encogimos de hombros. Queríamos irnos ya para darnos el último beso del día, como cada vez después de la iglesia.
Volvió con otro niño con un traje blanco que colgaba largo hasta las rodillas de la señora y, esta vez lo cargaba contra su pecho y le palmeaba la espalda. Con sus labios dejaba salir un sonido al mismo tiempo que tocaba con su mano la espaldita del niño dios: sh sh sh sh sh. Por favor, canten algo. Esa bien bonita que cantan ustedes. La que cantaron al final de la misa el domingo. Ah, dijo mi Teresita. A mí también me gusta mucho esa. Saqué la guitarra y cantamos mientras la señora que sonríe, mecía a su bebé.
En un rincón
del establo más pobre en Belén
una madre que arrulla un bebé
con un canto de adoración
admirada de poder tener
en sus brazos a su salvador…
Cantaba con nosotros y cerraba los ojos y más apretaba al niño. Nosotros nos veíamos y sonreíamos con la ternura atorada en el pecho.
Duerme Jesús
que la aurora ya llega a Belén
una estrella te viene a alumbrar
para que todos te puedan ver
duerme ya mi Jesús Emmanuel
mi tesoro y mi salvador…
Sentí que el sol se metió completo y me detuve. Ya tenemos que irnos, doña Consuelo. Ay, dijo, nomás termínenla bien, es el canto para mi niño. Yo les ayudo, ándenle. Me resigné ante su mirada que se hacía de súplica.
¡Mira José!
¡Qué pequeños sus manos y pies!
Y pensar que es el rey de Israel
el caudillo que vino a salvar
a su pueblo de la oscuridad
este niño es mi Dios y mi Rey
Y así siguió arrullando María a Jesús
acunando en sus brazos a dios
y José conmovido también
se asombra de poder formar
la familia sagrada con él…
La señora Consuelo rompió entonces en llanto destruyendo cualquier rastro que quedaba de paz en su sonrisa. Yo apreté el pescuezo y me puse a guardar la guitarra, despacito. Teresita se levantó del sillón dejando la marca de sus dedos al tomar fuerza y se apuró a abrazarla. No, no, dijo, no. Pero las manos de Teresita ya estaban muy cerca y al girar se engancharon y de su pecho cayó una bolsa con huesos negros y en el suelo se dispersaron en toda la sala. Mi niño, dijo. Ay, mi niño. Mi niño chulo, vente con tu mami, le dijo a los huesos en el suelo, mientras los devolvía a la bolsa. Parecía que nosotros habíamos dejado de existir en esa sala. Nos agarramos de la mano y salimos de la casa color Fanta de naranja y un par de cuadras antes de su casa no pudimos besarnos porque Teresita lloraba y nos despedimos con un abrazo raro acompañados de un largo silencio. No dijimos nada. Volví atrás en el camino con mi guitarra sobre el hombro. Al pasar por la casa de la señora Consuelo, salió de nuevo con su sonrisa hermosa a encontrarme. Levanté la mano para decirle adiós y me gritó emocionada que huyera: huye, José, huye, tienes que ir con tu familia a Egipto y establecer tu morada en Nazaret. Eso dijo y nunca lo olvidé. Lo repetí todo el camino hacia mi casa ese día. Huye, Egipto, Nazaret.
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